jueves, 13 de octubre de 2016

LAS CHICAS

Título: Las chicas
Título original: The girls
Autora: Emma Cline
Editorial: Anagrama
Número de páginas: 312


California. Verano de 1969. Evie, una adolescente insegura y solitaria a unto de adentrarse en el incierto mundo de los adultos, se fija en un grupo de chicas en un parque; visten de un modo descuidado, van descalzas y parecen vivir felices y despreocupadas, al margen de las normas. Días después, un encuentro fortuito propiciará que una de esas chicas (Suzanne, unos años mayor que ella) la invite a acompañarlas. Viven en un rancho solitario y forman parte de una comuna que gira alrededor de Russell, músico frustrado, carismático, manipulador, líder, gurú.
Fascinada y perpleja, Evie se sumerge en una espiral de drogas psicodélicas y amor libre, de manipulación mental y sexual que le hará perder el contacto con su familia y con el mundo exterior. Y la deriva de esa comuna se deviene secta dominada por una creciente paranoia desembocará en un acto de violencia bestial, extremo.

Uno de los grandes fenómenos literarios del año está escrito por una joven de 27 años que no vivió la época en la que se desarrolla la mayor parte de su novela. Además, al mismo tiempo es el debut literario de su autora, Emma Cline, que antes de ser editada ya empezó a hacer ruido mediático. Era cuestión de tiempo que llegara a nuestro país.

Las chicas ha sido editado por Anagrama, quien consiguió los derechos de su publicación gracias a la sorprendente habilidad de su editor jefe a la hora de seguir consiguiendo grandes títulos en una lucha cada vez más desigual contra los grandes conglomerados de editoriales españolas. Después de una gran campaña publicitaria, trabajada poco a poco a lo largo del verano y que para algunos suponía un pequeño punto de desconfianza, las primeras críticas comenzaron a circular por las redes sociales demostrando que, a priori, el fenómeno tenía justificación.

El contexto argumental del libro nos transporta a la California de finales de los años sesenta; Cline toma como inspiración para su obra el archifamoso caso de los macabros asesinatos que Charles Manson y varias de sus seguidoras (aunque en realidad Manson no participó en los hechos sino que fue el autor intelectual de los mismos) perpetraron en casa del director Roman Polanski: mataron a varios de los invitados que en aquellos momentos se hallaban en una fiesta, entre ellos su mujer y su hijo, todavía un bebé. Son incontables las películas, libros o canciones que se han creado alrededor de aquellos acontecimientos. ¿Por qué entonces Las chicas es diferente al resto? ¿Qué ha encandilado a crítica y público? La respuesta es tan fácil como la siguiente: porque el foco de la acción y la introspección ilumina un punto inexplorado de aquel cuadro.

Ya el mismo título de la novela es un ejercicio increíble de síntesis que de primeras ya engloba por completo el devenir y núcleo de toda la historia: porque en Las chicas lo importante es precisamente eso, las chicas. En contra de lo que cabría esperar el protagonista no es Russell/Manson sino sus seguidoras, quienes no dudaron en olvidar su juventud, el futuro que tenían por delante o la familia que dejaban atrás para asesinar a sangre fría a varios desconocidos. Sólo porque su líder lo ordenó. ¿Qué pasaba por la mente de aquellas chicas, que más tarde en los juicios no dejaban de sonreír y cantar como si no hubiera pasado nada? Estas preguntas y su respuesta son la increíble fuerza, el factor diferenciador de la novela frente al resto.

Emma Cline ha confesado más de una vez que aquellas imágenes en blanco y negro de los juicios, con las asesinas en una actitud perturbadoramente feliz la obsesionó durante mucho tiempo, tanto que al final como resultado terminó surgiendo la novela. El hecho de que ellas sean las verdaderas protagonistas y no Russell/Manson aporta una visión inaudita de aquellos días, los años sesenta y también una profundización de la adolescencia femenina en aquel mundo, que no por muy explorado deja siempre de ser interesante a cualquiera que le preste atención. Así pues y a través de su protagonista, Evie, la novela explora los recovecos del alma femenina en la etapa crucial de la adolescencia, los miedos a no encajar y la sensación de naufragio propia de la edad, que provoca en ocasiones encontrar unas tierras firmes oscuras y de naturaleza malvada. La propia Evie se nos presenta desdoblada en dos: la jovencita niña de catorce años que observa y vive aquel infierno en 1969, y la Evie de sesenta años que desde la actualidad se ve forzada a rememorar aquella época a raíz de un encuentro fortuito. Aquella niña permanece siempre con un punto de distancia respecto a la locura de Russell/Manson, jamás allega a ser seducida del todo si bien es precisamente porque quien le importa en realidad es Suzanne, una de las seguidoras del líder y que sin embargo sí que está metida de llena en la vorágine autodestructiva del gurú en la que se mezclan la incomprensión, la rabia, el odio, las drogas y el sexo en una amalgama que sólo se mueve por impulsos primarios; toda la fachada de buen rollo y amor libre de la que hacen gala tanto las chicas como Russell/Manson o cualquiera que pasa por el rancho se desmorona por completo en cuanto Evie consigue ver más allá de la superficie; mientras observa aquellos indicios de fractura de la supuesta armonía ella misma se cuestiona su propia actitud, que la ha alejado de sus padres (separados, con una madre que pretende ser amiga antes que madre y un padre que no oculta que para él Evie no deja de ser una carga que soportar) y la lleva a bordear un precipicio oscuro, mortal pero al mismo tiempo seductor. Porque aquellos años, los sesenta, deambularon por la historia en un clima de absoluta libertad en la cual los adolescentes, convertidos principalmente en víctimas, encontraron a priori el paraíso en el que huir de sus preocupaciones y miedos.

La novela es también una sorprendente radiografía de una década que más allá de su trascendencia social, en aquellos años ya empezaba a terminar y se vislumbraba su final; pese a ello y el nuevo cambio que se intuía el alma de los sesenta no renunció a sus principios pese a que sus contraprestaciones y su lado oscuro empezaba a mostrarse evidente e incontrolable. Así sucede en el rancho, un escenario que resume el sentir y pensar de toda una década. Resulta evidente que el caso de Russell/Manson fue una excepción, pero al mismo tiempo fue una constatación de un cambio de era y de valores que algunos creyeron eternos y que no fueron bien digeridos. Al mismo tiempo se disecciona una juventud que se siente tan presionada por encajar (un tema universal por el que no pasan los años) que a veces es casi obligada a tomar malas decisiones, pues bien o mal encajan al final; así le ocurre a Evie, quien sintiendo ese peso sobre sus espaldas se refugia bajo el primer paraguas que se le abre: el encuentro fortuito en el parque con Suzanne y el resto de chicas.

Emma Cline sorprende también por un estilo a la hora de escribir peculiar, lleno de frases cortas en las que a veces prescinde incluso de ciertas estructuras sintácticas que pueden descolocar en un principio pero que a poco que el lector se habitúe suponen una forma novedosa de aproximarse paulatinamente a los hechos narrados en Las chicas. Esa prosa, que también vive mucho de la metáfora y la lírica, ayuda a dotar el conjunto del libro del espíritu necesario para que el propio lector se sumerja sin problemas en aquel rancho en el que el tiempo parece detenerse, un lugar ajeno al resto del mundo en el que podían habitar la mayor de las bellezas pero también las peores pesadillas. Resulta fácil observar que Las chicas comparte ciertas similitudes con Las vírgenes suicidas (Jeffrey Eugenides), sobre todo en cuanto a esa visión romántica y también sensual que Evie siente hacia las chicas de Russell/Manson, en particular hacia Suzanne; los pensamientos de la protagonista y su manera de expresarse deambulan entre la admiración, la excitación sexual latente y el amor platónico. Incluso cuando la narración surge por boca de la Evie adulta ese lenguaje persiste.

Como única pega destacaría que en ocasiones Cline tiende en demasía a detallar con excesivo detalle algunos pasajes, escenarios o situaciones que pueden detener un poco el ritmo de la narración, aunque estos episodios no son habituales a lo largo de la novela.

En definitiva nos encontramos ante una obra altamente recomendable y que inaugura la que pude ser una carrera literaria muy prometedora.

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