jueves, 23 de marzo de 2017

LOS PECES DE LA AMARGURA

Título: Los peces de la amargura
Título original: Los peces de la amargura
Autor: Fernando Aramburu
Editorial: Tusquets Editores - Maxi Tusquets
Número de páginas: 248

Un padre que se aferra a diversas rutinas para sobrellevar el trastorno de una hija hospitalizada e inválida; un matrimonio hastiado del acoso que sufre un vecino; un joven que recuerda a un compañero de juegos que luego lo será de atentados... Narradas a manera de crónicas, cartas, relatos contados a los hijos o testimonios en primera persona, las historias que componen este volumen conmueven por la verdad humana de que están hechas, una mantera dolorosa para tantas víctimas del crimen basado en la excusa política.


Regreso de nuevo a Fernando Aramburu, y por tanto regreso al País Vasco que la gran mayoría desconocemos, esa que nunca aparecía en televisión y de la que se empieza a hablar ahora, cuando ETA ha dejado de matar y parece que la sombra del miedo, si bien no ha desaparecido del todo, ha dejado entrar algo de luz tras demasiados años de oscuridad en Euskadi.


En Los peces de la amargura nos encontramos con diez relatos que comparten una misma temática, la vida en una tierra consumida por el terrorismo. Aramburu se adentra en diferentes casas, en diferentes ambientes, para narrarnos cómo los años hicieron mella en una sociedad que se fue consumiendo en el miedo, en el odio, en las rencillas, el silencio cómplice o la desesperación de ver cómo las garras de ETA desgarraban familias, de un lado y de otro. No se habla del porqué, ni del cómo, sino del día después, de la semana después, de los años posteriores al inicio del dolor. Se habla de ETA como una presencia asfixiante, un enorme monstruo que rige de manera omnipresente las vidas de quienes tienen la desgracia de cruzarse en su camino; y también de quien vive alrededor. 

En cada uno de los relatos asistimos a la narración de un estado de terror compartido y expresado de diferentes formas, desde la violencia al olvido pasando por el desprecio o el silencio. paseamos por las calles, escuchamos conversaciones familiares tras las cortinas, en los salones de las casas, entre los vecinos de pueblos pequeños. Somos espectadores de las tragedias de quienes no son aceptados por culpa de los extremismos, del miedo irracional a un enemigo inexistente; también vemos cómo son seducidas algunas personas con promesas e historias de patrias, banderas y honores que quedan desdibujados cuando se mezclan con la sangre de gente inocente. Aramburu narra el conflicto vasco desde el punto de vista humano, sin entrar en valoraciones políticas o ideológicas: sólo retratando la realidad tal y como era hasta no hace muchos años. 

No es fácil adentrarse en los más de 40 años de ETA. Mucho menos si lo que se intenta es mostrar lo que desde fuera no se veía, escuchaba o sentía. Recuerdo que cuando era más pequeño sólo conocía de todo el conflicto lo que periódicos o televisiones mostraban; eso quería decir atentados, kale borroka y poco más. Desde cualquier punto que no fuera Euskadi se desconocía el verdadero día a día de los vascos y las vascas, de los padres que temen por los hijos que se juntan con gente peligrosa, de los hijos que temen por las vidas de sus padres, que sólo defienden unas ideas políticas diferentes a las que muchos creen que son las únicas posibles; el sufrimiento de madres que soportan habladurías, desagravios, insultos o persecuciones paranoicas por parte de los vecinos, conocidos e incluso amigos; las madres de quienes han provocado un daño irreparable, a veces ciegas, a veces culpables de tener a los suyos hasta arriba de mierda. 

Es tan complicado escribir sobre ello que tal vez Aramburu recorra a una cierta frialdad en algunos de sus relatos, en un intento loable por no politizar sus textos pero que sin embargo no termina de conseguir que el lector conecte. En algunos relatos los diálogos llegan a parecer algo forzados, siendo herramientas para un mero discurrir de la narración, una especie de interludio entre un comienzo y el desenlace.

En otros relatos, sin embargo, y gracias a un estilo seco, sin florituras ni técnicas vacías, se nos traslada a unas vidas, unas rutinas que todavía hoy en día se viven en algunas partes de Euskadi; la novela, escrita hace menos de quince años, era y es un reflejo fiel de unas gentes que han soportado, soportan y todavía soportarán una tenebrosa carga a sus espaldas. Heridas que tal vez nunca cicatricen por muchas generaciones en paz que puedan venir en el futuro.

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